Declaración FIPU

Travesía para un encuentro con Pablo Catatumbo

En La Elvira, una guerrillera nos brinda un café que nos supo a gloria después del viaje, bien caliente y con aroma a pura montaña.

Él está dedicado a lo suyo y las FARC están cumpliendo con lo pactado, el boxeador quiere seguir golpeando los últimos vientos de guerra que quieran resoplar en Colombia.

“¡Coman muchachos, coman! No me desprecien las frutas”. No era desprecio, llevábamos comida, no sabíamos cómo era la movida y lo mejor era ir preparados.

Nos sentamos en su mesa, vio nuestra lonchera y, como quien comparte una relación profunda de amistad, le metió mano a las fresas. Son su fruta favorita.

Así empezó está historia que me llevó a compartir fresas silvianas con el comandante Pablo Catatumbo de las FARC, en un encuentro que tuvo lugar en la vereda La Elvira del municipio de Buenos Aires (Cauca), sitio en el cual la guerrilla permanece reunida antes de ingresar a la zona veredal donde dejará las armas.

Para llegar a La Elvira, partimos desde Popayán pidiendo algunas instrucciones hasta toparnos en Buenos Aires con las personas de un viejo Jeep amarillo que amablemente nos explicaron la ruta y nos pidieron llevar a una mujer que también iba va por ese camino. Seguramente, ¡esos son guerrilleros! –pensé al ver su indumentaria–. Es difícil diferenciarlos de un campesino: el uso de botas de caucho es común en estos sitios donde no hay vías de acceso y, ante las lluvias, lo mejor es ir cuidar los pies.

Del Jeep descendió una mujer negra. Era nuestra nueva pasajera y la guía que nos indicó la ruta para llegar a La Elvira.

– Ya sabe lo que está pasando en el municipio, ¿van para el campamento, verdad?
– Sí señora.

Conversando descubrimos que nuestra pasajera era profesora de la escuela de la zona conocida como El Llanito, en Buenos Aires. Vive en Cali y debe recorrer varias horas para ver a sus educandos. Desplazándose en carro, a pie  y hasta en mula se moviliza por las vías, casi inaccesibles, para cumplir son su loable labor de formar a los niños.

La profe se suelta a hablar. Me vio el carnet de prensa y aprovechó su oportunidad para visibilizar las necesidades de su territorio: “La paz debe tener inclusión para los estudiantes de la zona rural, la paz debe tener desarrollo: se necesita implementos escolares, más beneficios, transporte para los niños, ellos deben caminar hasta una hora y media para llegar a la institución educativa”. Así nos dio su discurso, y me deja pensando en la cantidad de docentes rurales que en medio del conflicto, educaron – y siguen haciéndolo– con dificultad a nuestros niños.

Llegamos a “Casa e’ madera”, una construcción al borde de la vía que conduce a La Elvira donde funciona una tienda. Allí conocimos a María Argenis y Wilson, dos lugareños que nos abren el panorama sobre la llegada de la paz a la zona.

“¡Estamos felices por el cambio tan divino de la paz! Esto era difícil, muchos combates y las balas nos entraban por el techo…”, nos dice Argenis mientras sus ojos brillan. Ella refleja en sus palabras toda su alegría y transmite una hermosa energía, como antesala a la visita que me disponía a realizar.

También hablamos con Wilson.  Nos cuenta que estuvo el 30 de enero pasado en la Zona Veredal, fue como un vecino más que está interesado en saber cómo va a funcionar la zona y cómo los guerrilleros pasarán a su vida civil, además quería conocer a ‘Pablo Catatumbo’. Con una sonrisa libre me dice: “Queríamos saludarlo. Antes lo vimos en la guerra; queremos verlo en la paz. ¡Hasta rompimos el cerco de seguridad para saludarlo!”. ¿Cómo es Catatumbo? “Muy formal”, responde.

Llegamos al sitio esperado. Tal como se mostró en redes sociales, en La Elvira aún no está construida la Zona Verdal Transitoria de Normalización (ZVTN) en la que las FARC harán tránsito a la vida civil. Al llegar, la maquinaria pesada estaba haciendo los terraplenes dónde se cimentará la construcción, y una cuadrilla de la empresa de energía estaba instalando cable de alta tensión para habilitar el servicio público.

La siguiente parada fue en el Punto de Preagrupamiento Temporal (PPT). Es un campamento dónde los guerrilleros esperan el traslado a la zona veredal. La guardia nos saluda. Eran 4 o 5 muchachos jóvenes entre mujeres y hombres. Entre ellos estaba una chica que portaba el radio y a quien me acerqué para hacerle un par de preguntas. “No sé”, respondió a todas. Sonreímos, su reserva es lógica, hace parte de la seguridad aprendida en más de 50 años de guerra.

– ¿Eres como Shakira: sorda, ciega y muda? ¿No? [suelta una carcajada].
– ¿Con quién quiere hablar?
– Con Catatumbo, -se miran entre ellos con cara de no creer-. Él mismo me invitó, les aseguré.

Procedí a explicarle cómo lo había conocido en Cuba y que durante la rueda de prensa de la visita de Hollande a Caldono, lo saludé y él me invitó a La Elvira. Le pido que hable con ‘Camila Cienfuegos’ y le manifieste que Claudia Quintero la necesita (Camila integra la delegación de paz de las FARC y es la compañera de Pablo).


Sale Camila y dice “¡Claudia!, ¡siga…siga!” Nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida. Detrás salió Tanja, “La holandesa”, y me invita un tinto, pero antes de ir con ella, Camila me señala una pequeña carpa, indicando que allí me necesitaban. Fui, y en el lugar más sencillo que pudieran imaginar, estaba el comandante Pablo Catatumbo. Piso de aserrín y paredes de polisombra negra, centro operativo de la construcción de la paz en el Cauca y en Colombia.

Pablo es un hombre grande, mide más o menos 1,80 m y es bastante corpulento. Dicen que fue boxeador antes de ser guerrillero. Me saluda afectuosamente, nos conocimos en Cuba durante las negociaciones  y estuvo interesado en el trabajo sobre las Bandas Criminales que he venido documentando. Le soy familiar, me llama “mija”, me da un abrazo que se siente sincero, afectuoso. Un abrazo de padre.

Le tiro la red, pero no cae. Quiero entrevistarlo, tener una primicia, pero me aclara que me permitió el ingreso al campamento en calidad de visita y no como periodista

– Pero… ¡Una crónica, si voy a escribir!- le dije.
– Claudia, use mis declaraciones públicas, pero no voy a darte ninguna entrevista oficial ahora.

Una guerrillera nos brinda un café que nos supo a gloria después del viaje, bien caliente y con aroma a pura montaña.

Pablo se sienta en su oficina y logramos compartir una charla amena y fluida. Puedo decirles que junto a su gente, se siente bien en el campamento de preagrupamiento o PPT como lo bautizó el Gobierno. Los guerrilleros están construyendo un polideportivo y las mujeres estaban esperando delegaciones de todo el país para realizar el encuentro nacional de género, un espacio que construyeron las guerrilleras para discutir éstos temas entre ellas y Pablo, como jefe de bloque, lo apoya totalmente. Están siendo cuidados por la fuerza pública y, como algo impensable, la policía y el ejército ya no los persiguen, ahora les cuidan, y si somos desconfiados, pensamos que también les vigilan.

Observé fijamente a Catatumbo, sus gestos, sus movimientos, y no podía dejar de pensar, ¿cómo una persona puede llegar a coordinar de esa forma,a semejante grupo como es el Bloque Occidental Comandante Alfonso Cano (BOCAC)? Este bloque fue uno de los primeros en manifestar de forma pública, a través de un comunicado su apoyo al proceso de paz, cuando la prensa indicaba disidencias en diferentes sectores de la guerrilla.

Su cabello tiene el paso de la nieve. Tiene 64 años, de los cuales 44 han sido en las FARC. El monte le vio envejecer, pero aun así, cualquier viejo de la ciudad quisiera tener su fortaleza física y mental. Maneja con destreza la computadora portátil y un celular de alta gama; es sagaz en sus respuestas, no se deja tentar la lengua, es lo que el famoso dicho “perro viejo late echao” describe.

¡Y quién creyera que este viejo de la guerra tiene tanto dolor en su alma! Sus hermanas fueron duramente perseguidas por los paramilitares y una de ellas asesinada. Pablo me sonríe, su rostro no deja de mostrar esa necesidad de paz que millones de colombianos soñamos para buscar un poco de alivio en el alma.


Su oficina no tiene aire acondicionado. Con un pequeño ventilador lidia el calor y la humedad propia de la zona montañosa. Usa botas, jean similar al campesino del Cauca. Ya dio su última marcha como comandante de una guerrilla armada, pero seguirá marchando hacia la paz, su voluntad de construir un diálogo constante con el Gobierno de Santos es latente. No quiere echar fuego a la hoguera con el tema de las zonas veredales, espera que el gobierno haga su trabajo. Él está dedicado a lo suyo y las FARC están cumpliendo con lo pactado, el boxeador quiere seguir golpeando los últimos vientos de guerra que quieran resoplar en Colombia.

El corto encuentro concluye con las respectivas fotos. De fondo con un letrero que dice “Desde Marquetalia hasta la victoria”, dejamos para la memoria este encuentro, donde nos vamos convencidos que la paz es la victoria de las FARC y de toda Colombia.

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